Perder el amor

Hoy me he preguntado algo:
¿Eliminaría de mi vida el amor y sus derivados, incluyendo los punzantes efectos colaterales que también produce?
Antes de responderme, me he imaginado un planeta llamado Jorobis. Allí viven personas como nosotros, con similares alegrías y vicisitudes. En Jorobis la gente canta y baila, sale de marcha por las noches y se emborracha. Evidentemente, también hace el amor, y muchos acaban casándose y teniendo hijos. (aunque el planeta sufra ahora una grave crisis matrimonial…)
Sin embargo…, algo sucede con los jorobienses.
Su fisiognomía, aunque muy parecida a la nuestra, difiere en algo sustancial.
Nacen con una joroba a sus espaldas que va creciendo a medida que pasan los años. Esa joroba es la principal fuente de sus pasiones… y de sus penalidades.
No es fácil que un jorobiense toque la joroba de otro. Pero si lo hace, la persona receptora del toque experimenta gran placer.
Pero insisto en que no es fácil que lo hagan.
¿Por qué? Pues porque los jorobienses son muy suyos a la hora de tocar las jorobas de los demás. Existe un arraigado aspecto cultural que les impide tocar jorobas libremente. Un jorobiense solo tocará aquella joroba que le recuerde mucho a la suya. Afinidad.
Afinidad.
Las jorobas no se muestran abiertamente; aparecen ocultas tras la ropa. Mostrarla es un motivo de vergüenza.
Algunos se han suicidado tras no ser tocados por muchos años.
Sigamos…
Las parejas de Jorobis no se diferencian mucho de las nuestras. Aunque tienen sus peculiaridades.
Me explico.
Una pareja de jorobienses se toca sus jorobas con relativa frecuencia (hacerlo mucho extingue el placer que produce)
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, las jorobas cambian. Algunas mucho, mientras que otras apenas varían.
Los jorobienses siempre se echan la culpa de que las jorobas de sus parejas no son las mismas… (sobre todo, cuando están enfadados)
CUANDO LA IMAGINACIÓN Y LA RAZÓN ENTRAN EN CONFLICTO…
SIEMPRE GANA LA IMAGINACIÓN.
Por eso mismo he subido a la terraza e implorado la presencia de aquellos ladrones que se llevaron mi máquina murciélago. Al cabo de un rato he sentido un extraño zumbido.
Una mujer, con una acusada protuberancia a sus espaldas salió de la nave.
—Hola!
—Bienvenida —dije yo, algo asustado, y sin poder retirar mi mirada de su abultada joroba.
—¿Qué eso que tienes en el pecho? —me preguntó.
—¿En mi pecho?
—Sí, esa extraña macha que te cuelga de color rosa.
Yo me miré sin advertir nada.
—Lo siento, pero no sé a qué te refieres.
—¿Quieres que te la limpie? Nuestro planeta dispone de una tecnología muy avanzada.
Y dicho esto, la visitante giró rápidamente, obligándome a retirarme por su voluminosa joroba.
—¿Qué te pasa? —me preguntó, al ver mi movimiento.
—Es… tu joroba, que casi me da.
—¿Joroba?
—Sí, eso que tienes en tu espalda.
Ella se miró con curisidad, pero pareció no descubrir nada.
—En mi planeta —dije yo—, tenemos unos cuchillos muy afilados. ¿Quieres que baje a por uno?
—La visitante sonrió. Miró a mi macha y, a continuación me propinó un sonoro beso en la mejilla.
—No —dijo, sin borrar su sonrisa—. Deja mi joroba en paz.
—¿Y tú dejarás mi mancha también en paz?
—Por supuesto.


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